Jorge Bucay

"Estos cuentos han sido escritos sólo
para señalar un lugar o un camino.

El trabajo de buscar dentro,
en lo profundo de cada relato,
el diamante que está escondido...

...es tarea de cada uno"

martes, 7 de septiembre de 2010

Los pimientos rojos (Jodorowsky, 2006)

En el curso de un viaje, Mulla Nasrudin llega a un pueblo. En el mercado se queda pasmado delante de un tenderete de Frutas exóticas, desconocidas, que encuentra de lo más apetitosas. Le dice al vendedor:
Estas frutas me parecen excelentes. ¡Póngame un kilo!
Se va la mar de contento con su compra. Un poco más lejos, le hinca el diente a una de estas frutas rojas, pero al instante siente que la boca le echa fuego. Se pone rojo. Sus ojos lloran y, sin embargo, continúa comiendo. Un transeúnte, que le está mirando desde hace rato, le aborda:
-Pero ¿qué hace usted?
-Creía que estas frutas eran muy buenas. Pensando que no iba a tener bastante con una sola, he comprado un kilo.
-Comprendo, pero ¿por qué se empeña usted en comérselas? Son pimientos rojos, y son terriblemente fuertes.
-No son los pimientos lo que yo me como ahora -profiere Mulla-, sino mi dinero.

*Moraleja

Si uno quiere cambiar, en un momento dado, hay que ser lo bastante humilde para decirse: «Me he equivocado. He comprado un kilo de pimientos que no puedo comerme, pues me hacen daño. Los dejo y empiezo otra cosa». «He pasado 10 años con esta mujer» o «He estado 8 años como técnico, pero ahora soy un gestor ». No tiene sentido continuar con haciendo lo mismo cuando la realidad ha cambiado.

Cuento facilitado por Miguel Alonso García
Dpto.Psicología Diferencial y del Trabajo
Universidad Complutense de Madrid
https://campusvirtual.ucm.es/prof/edpo.html

domingo, 22 de agosto de 2010

¿Te puedo comprar una hora?

El hombre llegó del trabajo a casa otra vez tarde, cansado e irritado,
y encontró a su hijo de cinco años esperándolo en la puerta.
"Papá, puedo preguntarte algo?"
"Claro, hijo, el qué? respondió el hombre.
"Papá, ¿cuánto dinero ganas por hora?"
"¿Por qué lo preguntas?, dijo un tanto molesto.
"Sólo quiero saberlo. Por favor dime cuánto ganas por hora", suplicó el pequeño.
"Si quieres saberlo, gano 20 dólares por hora".
"Oh", repuso el pequeño inclinando la cabeza.
Luego dijo: "Papá, ¿me puedes prestar 10 dólares, por favor?".
El padre estaba furioso. "Si la razón por la que querías saber cuánto gano es sólo para pedirme que te compre un juguete o cualquier otra tontería, entonces vete ahora mismo a tu habitación y acuéstate. Piensa por qué estás siendo tan egoísta. Trabajo mucho, muchas horas cada día y
no tengo tiempo para estos juegos infantiles".
El pequeño se fue en silencio a su habitación y cerró la puerta. El hombre se sentó y empezó a darle vueltas al interrogatorio del niño. "¡Cómo puede preguntar eso sólo para conseguir algo de dinero!". Después de un rato, el hombre se calmó y empezó a pensar que había sido un poco duro con su hijo. Quizás había algo que realmente necesitaba comprar con esos 10 dólares y, de hecho, no le pedía dinero a menudo. Fue a la puerta de la habitación del niño y la abrió.
"¿Estás dormido, hijo?", preguntó.
"No, papá. Estoy despierto" respondió el niño.
"He estado pensando, y quizá he sido demasiado duro contigo antes. Ha sido un día muy largo y lo he pagado contigo. Aquí tienes los 10 dólares que me has pedido".
El niño se sentó sonriente: "¡Oh, gracias, papá!", exclamó. Entonces, rebuscando bajo su almohada, sacó algunos billetes arrugados más. El pequeño contó despacio su dinero y entonces miró al hombre, el cual, viendo que el niño ya tenía dinero, empezaba a enfadarse de nuevo.
"¿Por qué necesitabas dinero y ya tenías?", refunfuñó el padre.
"Porque todavía no tenía bastante, pero ahora sí tengo. Papá, ahora tengo 20 dólares..., ¿puedo comprar una hora de tu tiempo?".
Cuento aportado por Miguel Alonso García
Dpto.Psicología Diferencial y del Trabajo
Universidad Complutense de Madrid

viernes, 16 de julio de 2010

La vaquita

Un maestro de la sabiduría paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer un breve visita al lugar.

Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de las visitas, también de conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que tenemos de estas experiencias.

Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, la casa de madera, los habitantes, una pareja y tres hijos, vestidos con ropas sucias y rasgadas, sin calzado, entonces se aproximó al señor, aparentemente el padre de familia y le preguntó: En este lugar no existen señales de trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen el señor y su familia para sobrevivir aquí?

El señor calmadamente respondió: amigo mío, nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del producto la vendemos o la cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo y así es como vamos sobreviviendo.

El sabio agradeció la información, contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue.

En el medio del camino, se volvió hacia su fiel discípulo y le ordenó: busque la vaquilla, llévela al precipicio de allí enfrente y empújela al barranco.

El joven espantado vio al maestro y lo cuestionó sobre el hecho de que la vaquilla era el medio de subsistencia de aquella familia. Mas como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la orden. Así que empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedo grabada en la memoria de aquel joven durante algunos años.

Un día el joven resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo habitado, con coche en el garaje de tremenda casa y algunos niños jugando en el jardín.

El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir, aceleró el paso y llegando allá, fue recibido por un señor muy simpático, el joven preguntó por la familia que vivía allí hace uno cuatro años, el señor respondió que siguen viviendo allí.

Espantado el joven entró corriendo a la casa y confirmó que era la misma familia que visitó hace algunos años con el maestro. Elogió el lugar y preguntó al señor (el dueño de la vaquita¨: ¿cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida? El señor entusiamado le respondió: nosotros teníamos una vaquita que calló por el precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades queno sabíamos que teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbren ahora.

* Moraleja*

Todos tenemos una vaquita a la que aferrarnos, que nos cubre nuestras propias necesidades de supervivencias y que nos ayuda a mantener una convivencia con la rutina.